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Hector Domingo, autor, escritor
BItácoras de soledad por HECTOR DOMINGO™

Bitácoras de soledad

AUTOR: HÉCTOR DOMINGO, ISBN: 9781522803386

"Cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño."

Cuando Jan Caballero pierde el trabajo y queda en la calle, se enreda con una anciana que recoge objetos-basura y los vende en un bazar como si fueran reliquias de historias maravillosas. Para merecer techo y alimentos, Jan tiene que echar mano de sus casi olvidadas habilidades artísticas, esforzándose por transformar cacharros inservibles en los objetos legendarios que la anciana promete. Así nace un negocio en donde los clientes saben que son engañados, pero pagan con gusto por ello.

"...un estilo literario limpio, directo, entusiasmado por la belleza que las palabras procuran."
–Cosme Álvarez. La Guarida.

Postdata

FRAGMENTO DEL LIBRO "BITÁCORAS DE SOLEDAD", POR HÉCTOR DOMINGO
ISBN: 9781522803386

Ilustración hecha por: Héctor Domingo™
Cuando alguien sabe que va a morir, pone lo más importante de su vida en papel. Son escritos inofensivos la mayoría de las veces. Por ejemplo, una lista de anhelos que no pudieron realizarse, los consejos que se dejan a hijos y nietos o un puñado de párrafos que, al estar escritos con la calma y el detalle de quien acepta que ya no le queda mucho tiempo para estar apresurándose, parecerían o muy profundos o muy disparatados a primera lectura.
Otras veces el contenido es tan peligroso que sólo puede revelarse hasta el último segundo. A estos escritos se les conoce como las 'bitácoras de soledad' y suelen aparecer cuando menos se les espera, pero más se les necesita, al igual que lo hacen todos los grandes secretos.

Escuché tanto estas palabras que acabé por memorizarlas. Eran las mismas que recitaba la anciana cada vez que un cliente parecía interesarse en alguno de los objetos estropeados que ella ofrecía en su bazar. Luego venían las leyendas: historias improvisadas que pretendían convertir un montón de trapos viejos en las reliquias de un santo, o un par de lámparas chuecas en los valiosos testigos de algún legendario desastre.
Quienes visitaban el bazar se daban cuenta pronto de que todo era una farsa, pero estaban dispuestos a seguirla. Supongo que les divertía el ser testigos de cómo la anciana iba entretejiendo sus disparatadas fantasías, atando con hilos de voz y agitar de manos las cosas y los mitos. ¿Y de dónde salían esas cosas?
Cada tarde, cuando el sol bajaba por la calle que da al río y los gorriones espantaban las perezas con sus aleteos, la anciana y yo recorríamos la ciudad para tomar, antes que el camión de la basura, los objetos que los habitantes dejaban a merced de quienes quisieran llevárselos. Sillas rotas, fierros viejos, ropa, cartón, a veces alguna estufa sin parrillas...
No es que cargáramos con todo. Al contrario: la mayoría de las noches volvíamos al bazar con la carretilla vacía porque ninguno de los objetos había logrado cumplir con las exigencias de la socia. Pero cuando teníamos la suerte de encontrarnos con algo satisfactorio, cuando ella declaraba haberse topado al fin con la materialización de alguna vieja historia, entornaba los ojos y, con voz lenta me preguntaba: “¿Sabes a quién perteneció esto antes de terminar despreciado en la calle? ¡Míralo bien!, tócalo, admíralo, porque voy a contarte los detalles durante el camino de vuelta.” Luego divagaba con pretextos como el clima o la nota que apareció en algún diario. Sabía cómo hacer que mi curiosidad fuera creciendo y lo disfrutaba.
Muchas veces quise resistir la tentación, ganar la batalla, pero la socia era una experta en acertijos. Hablaba de nombres y circunstancias, de púrpura o limón, de polvo, de mensajes codificados con tiza en algún hierro oxidado… Llenaba mi cabeza con tantas pistas que el objeto en turno parecía modificarse poco a poco frente a mis ojos al tiempo que hacía rodar la carretilla de regreso al bazar. Entonces no podía resistir más y sacaba la bandera blanca: “Cuénteme, por favor, a quién perteneció esta cosa y por qué terminó así de estropeada”, le suplicaba al fin.
“¿Estás seguro de que quieres saberlo?”, me decía ella, disfrutando su victoria. Luego reía y me contaba la ficción que había creado. Entonces yo miraba una vez más el objeto que cargábamos en la carretilla y calculaba el trabajo necesario para hacerlo digno de su leyenda. “Algunos pases de lija, quizás pintura roja, verde y azul”, le decía. “Barniz. Todo el tiempo resulta necesario el barniz. También un poco de alambre y dos retazos de tela”.
Éramos socios. Ella ponía las leyendas y yo el arte de investir a los objetos la personalidad necesaria para que los clientes se atrevieran a comprarlos.
Con el paso de los días, las ganancias fueron mejores y empecé a ilusionarme con crecer el negocio, pero el destino tenía sus propios planes.
Debido a esa mujer ahora muchos de ustedes al menos han escuchado acerca del Zoológico Fantástico y de este hombre que lo pobló con seres tan improbables como coloridos. Ella me dio las herramientas para hacerlo realidad. Es una lástima que no haya vivido lo suficiente para ver la obra terminada.
Ahora que los años y mis problemas de salud se acumularon de cierta forma que sugieren la posibilidad de que me reúna con la socia, quiero desempolvar mi viejo diario para hacer honor a los recuerdos. Las leyendas están todavía en sus páginas, tal como transcribí lo que la socia me fue contando en aquellos días ahora lejanos. Todas son falsas, por supuesto. Aunque muchos se divertirán asegurando que no pueden serlo porque tienen en su poder varios de los objetos que en éstas se mencionan: cartas, fotografías, una brújula descompuesta o algún fonógrafo con discos de tango.
Pensándolo mejor: las “bitácoras de soledad” que aparecen en mi diario son todas verdaderas, excepto por los pasajes fechados en noviembre y diciembre, esos en los que se cuenta mi historia, ya que no tengo pruebas contundentes para demostrar que lo que escribí entonces me sucedió en verdad. Pero, ¿qué importa? Bien lo dijo una vez la anciana: “Cualquier ficción no es más que una realidad en espera de su legítimo dueño”.

Jan Caballero, miércoles 16 de noviembre del año presente.

Ilustración hecha por: Héctor Domingo™
Hoja suelta (Entre gaviotas)
Viernes 31 de diciembre. Dieciocho años atrás
Hace un par de horas uno de los pescadores me trajo a este islote repleto de gaviotas y cangrejos blancos. No diré su nombre. Algún día lo descubrirán los turistas y mientras más tarde lo hagan, mejor.
Acabo de soltar una botella entre las olas. Una botella con un recuerdo en forma de espiral. Estuve sumergido hasta los hombros en esta gran alberca oscilante de aguas tibias y saladas. (Si la anciana conociera la sensación de que una bandada de gaviotas vuele al ras del agua, tocándote la cabeza con las puntas de sus alas mientras con los picos arrebatan pececillos al océano…). Parece que hubieran transcurrido meses desde que, hace un par de días, llegara el hombre del pelo blanco a cambiarnos la vida. Parece, también, que sólo hubieran pasado algunas horas desde aquella noche en noviembre del año pasado, cuando me tuve que esconder de doña Pelos. El tiempo es tan elástico que, ahora que garabateo con el lápiz esta última página de mi diario, se me antoja arrancar la hoja y añadirla al principio. Sería una manera de ordenar los acontecimientos a mi antojo, de reconocer que las fechas sólo son acuerdos en desventaja con las agendas y los calendarios.
La botella se aleja bailando al compás de olas color turquesa. Ahora sólo es un reflejo más, otro recorte de sol que se moja y yo me alisto para desprender esta página, para llevarla a un encuentro fortuito con aquel lejano miércoles tres de noviembre, el día en que esta historia empezó a habitar mi diario.

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