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Ficciones de domingo

Cinco historias en las que atrapa la curiosidad

ESCRITO E ILUSTRADO POR: HECTOR DOMINGO ®
5" x 8" (12.7 x 20.3 cm)
BLANCO Y NEGRO EN PAPEL CREMA
260 PÁGINAS
ISBN-13: 978-1532979750
ISBN-10: 1532979754
EBOOK ASIN: B018PWF6HQ
PAPEL ASIN: 1532979754
BISAC: FIC061000

"La curiosidad mató al gato. Y los gatos aprendieron pronto. Desde entonces tienen nueve vidas".
Un hombre que decide averiguar hasta dónde llega un extraño cable y paga las consecuencias por su atrevimiento. Un adivino que carga con una plaga de pájaros. Una familia maldita cuyos miembros mueren luego de que una marca misteriosa les aparece en la piel, a menos que resuelvan un acertijo. Un cocinero al que una mujer encadenada a un árbol le impide recuperar un secreto legendario. Un viejo que tiene que descifrar los mapas misteriosos que se forman con las manchas del café.
Cinco historias en las que la curiosidad atrapa a los personajes para complicar sus vidas.

Incluye los relatos distinguidos con el Premio Nacional de Cuento Magdalena Mondragón 2012 y el Premio Regional de Cuento Hugo Gutiérrez Vega 2013.

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1

La punta del cable apenas sobresalía del césped de mi jardín, camuflada entre el muro de bambúes. Era un cable grueso, formado por hilos tejidos en un patrón complicado. Traté de sacarlo a jalones. ¿Qué hacía allí? Ninguna instalación en la casa parecía necesitarlo. ¿Cómo es que no lo había visto antes? Estaba enterrado en vertical, como los que se instalan en las bases de los pararrayos. Miré hacia el techo. La casa nunca tuvo un pararrayos, ¿o sí?
Removí un poco de tierra con las manos, luego volví a tirar del cable. Pude hacer que asomara unos quince centímetros a la superficie. ¿Qué tan largo era? Tiré de nuevo y me lastimé los dedos. El cable no tenía ningún tipo de recubrimiento. Era metal puro. O, mejor dicho: una trenza formada por varios hilos metálicos diferentes, a juzgar por los matices que iban desde el plata hasta el dorado, pasando por varios tonos grisáceos.
Fui a buscar guantes de cuero y una tijera corta-cables, pero en lugar de ésta, volví con una pala y un pico. ¿Qué tal si el cable era parte de alguna vieja máquina que alguien había dejado enterrada? Las antigüedades siempre pueden venderse bien y el cable lucía tan diferente a todo lo que antes había visto que, sin duda, me llevaría a encontrar algo especial cuando llegara a la otra punta.

Supongo que también lo recordarás igual, pero ahora que estás débil, que apenas eres capaz de mantener el pulso y la respiración, no me viene a la mente otra cosa más que repasar en voz alta lo sucedido, porque al pronunciar los nombres de las cosas es como las hacemos nuestras.

Había cavado más de medio metro y el cable seguía extendiendo su verticalidad hacia lo profundo, como si lo hubieran tendido desde el centro de la tierra para sujetar el pequeño rectángulo verde que era mi jardín. Imaginé que si trozaba aquel cable, la propiedad no tardaría en perder su acomodo en el planeta. Doscientos metros cuadrados se despegarían del resto de la tierra llevando mi casa encima y flotarían como un gran barco sin ancla. Los bambúes que separan mi jardín del territorio vecino se partirían en dos y el auto mal estacionado caería rodando sobre la acera.
Seguí cavando. Las manos me dolían, la espalda también. Consideré pedir ayuda (todos los cavadores profesionales sueñan con desenterrar tesoros) pero, ¿qué pasaría si lo que encontrara al final del cable fuera tan valioso que no querría compartirlo con nadie?
Dejé la pala y fui a comprar ocho varillas y doce metros de lona para construir un biombo. Circundé con éste el agujero y un montón de tierra y plantas rotas que había sacado a fuerza de pico. Luego tomé un descanso.
Durante un par de días no hice más que cavar, parando sólo cuando el hambre, la sed y el cansancio me obligaban a hacerlo. Afortunadamente la tierra era blanda.
La mañana del tercer día, luego de haber alcanzado casi un metro y medio de profundidad, y el ancho suficiente para seguir cavando dentro, di con una vieja tarima de madera. El cable pasaba a través de ésta por un orificio hecho justo a la medida de su diámetro. Retiré unas cuantas paladas más de tierra y me incliné para examinarla. Di tres golpes. Sonó hueco. Hubiera gritado por la emoción, pero no quería que los vecinos quisieran averiguar qué estaba sucediendo, así que sólo me limité a felicitarme en voz baja por no haber involucrado a otros cavadores. ¡Había dado con la caja del tesoro! O, mejor aún: ¿era la tarima una puerta para algo más grande? Saboree la posibilidad de que, bajo mis pies, hubiera una cámara subterránea con reliquias históricas. Mi imaginación tomó vuelo y supuse que podría hacer una pequeña fortuna vendiendo a los coleccionistas cualquier cosa que encontrara: ¿Aparatos del tiempo de la Segunda Guerra Mundial? ¿Piezas de arte? ¿Armarios con documentos clasificados? Lo peor que me podría suceder ahora, pensé, es que lo que encuentre luzca tan estropeado o sea tan común que deba venderlo por su precio en kilos. Aún así me sería negocio.
Continué paleando tierra para descubrir una zona más amplia. ¿Encontraría la cerradura o una portezuela? ¿Daría con alguna marca en la tarima que me indicara lo que había oculto debajo? No, nada de eso apareció. Al menos no en la zona en la que había excavado. Tomé el pico y lo clavé en una de las juntas que había entre tabla y tabla. Luego hice palanca y pude abrir un boquete. Si en verdad había algo valioso allí debajo, estaba a punto de saberlo.

FICCIONES DE DOMINGO, POR HÉCTOR DOMINGO

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