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Rik Tinmarín y los mutantes de Isla Uups

Una aventura para celebrar el trabajo en equipo

ESCRITO E ILUSTRADO POR:
HECTOR DOMINGO ®
TAMAÑO MEDIA CARTA:
5.5" x 8.5" (13.97 x 21.59 cm)
260 PÁGINAS EN BLANCO Y NEGRO
BISAC: JUV045000

"Cada animal y cada planta merecen la misma consideración, no importa el tamaño ni la forma que tengan"
A Rik Tinmarín le gustan los videojuegos y las teleseries de zombis y vampiros. Un día, su madre lo inscribe en un campamento. Allí, un monstruo acuático arrastra la balsa de Rik y sus nuevos amigos hasta una isla llena de seres mutantes.
Rik aprenderá entonces que cada animal y cada planta merecen la misma consideración, no importa el tamaño ni la forma que tengan.
¡Conoce los extraños habitantes de Isla Uups!

Libro recomendado para lectores de 8 años de edad en adelante.
Temas: Proteger el ambiente y dar un lugar especial a todos los seres vivos.


Precio de lista $ 249 MXN

Empieza a leerlo

1

El puerto de Biridivamba se extendía entre dos montañas de tierra amarillenta con árboles repletos de flores, iguanas y tucanes. Allí, el mar formaba una media luna de aguas tranquilas sobre las que se mecían unos diez o doce barcos.
El más grande y viejo de todos ellos se llamaba Reina Coral y en él vivían solos el profesor Dil Olikian y su pequeña hija Lila.
El Reina Coral era un gran armazón de fierros oxidados que no servía para navegar. Sus motores se habían arruinado muchos años antes y su forma era tan simple que, al verlo por fuera, uno pensaría que estaba frente una lata de sardinas gigante. Debido a esto, el padre de Lila pudo comprarlo a precio de chatarra.
Pero así como era un barco feo, tenía espacio de sobra para todo. Detrás de sus muros oxidados había una terraza oculta con plantas floridas, árboles frutales y una fuente a la que acudían a beber los pajarillos.
Caminando un poco hacia la izquierda, se llegaba a un cobertizo que Lila llamaba La cabaña de los inventos. Allí era en donde la pequeña se divertía construyendo robots. Luego había tres patios amplios, dos tanques para almacenar combustible y, llegando al otro extremo del barco, estaba el laboratorio secreto del profesor.
Nadie más, excepto Lila y su padre sabían acerca de todos estos lugares. Olikian no quería que otras personas tuvieran curiosidad por visitarlos, ya que en su laboratorio había máquinas tan impresionantes como peligrosas. Si alguna de sus creaciones o descubrimientos caía en manos equivocadas, podría causar mucho daño. Sobre todo el último invento: la máquina criaturificante. Este artefacto era capaz de dar vida a cualquier ser que alguien diseñara en alguna computadora y, justo en ese momento, el profesor y su hija estaban a punto de probarlo por primera vez.

2

—Quiero que fabriques un pez juguetón para alegrar mi pecera —pidió Lila a su padre mientras dos robots de cuerpos delgados y con pelucas de colores hacían girar las perillas que abrían las válvulas.
—¡Tengo uno perfecto para ti entre mis diseños! —respondió Olikian y enseguida oprimió varias teclas en la computadora.
La pantalla se iluminó entonces con el dibujo animado de un pececillo de color naranja. Tenía cuatro aletas azules y tres ojos redonditos que le brillaban como si tuvieran luz propia.
—¡Sí! —exclamó la pequeña—. ¡Ese me gusta!
Los robots con pelucas menearon sus cuerpos como si estuvieran bailando conga.
—¡Mira, papá! —festejó Lila—. ¡Tu diseño también pone felices a Jayus-7 y a Jayus-12!
El profesor oprimió entonces otra secuencia en el teclado.
La máquina criaturificante se puso en marcha.
¡Rirjir! ¡Trijir!
Las tuberías transparentes se pintaron de colores tan vivos que parecía como si hubieran atrapado allí pedacitos de sol.
Luego, en la parte más alta de la máquina, tres regaderas cuadradas fueron escupiendo vapor de colores amarillo, magenta y cyan mientras se movían de un lado para otro.
¡Iriic! ¡Triikk!
Así sonaba la máquina y en su bandeja se fue generando una figura en tercera dimensión. Era el pececillo que antes Lila y el profesor habían visto en la pantalla.
—¡Oooh! —exclamó la pequeña.
—¿Qué te parece? —preguntó Olikian.
—¡Luce muy tierno! —aseguró ella—. Pero, ¿por qué no se mueve?
—Espera un segundo —pidió su padre—: Todavía falta el toque final.
Olikian activó otro comando y en la bandeja se produjo una chispa eléctrica tan deslumbrante como el flash de una cámara fotográfica. Entonces los tres ojos del pececillo parpadearon.
—¡Bravooo, papá! —festejó lila.
La pequeña tomó al pececillo entre sus manos y salió de allí corriendo para llevarlo hasta la pecera.
El profesor la vio tan feliz que se puso a bailar conga con los robots mientras se felicitaba por haber inventado aquella máquina.

3

Reina Coral era el nombre del barco, pero también lo era el de la madre de Lila.
Coral Rielvi se había ido al cielo apenas ocho meses antes, debido a una de esas enfermedades extrañas que la ciencia no sabe curar. Y ahora sólo quedaban padre e hija en un navío que cada vez parecía más grande y solitario.
Bueno… También estaban los robots que fabricaba Lila, pero hacía falta algo más. Por eso el profesor inventó la máquina criaturificante. Quería que la pequeña se sintiera acompañada por las mascotas generadas allí, que jugara con ellas, las cuidara y volviera a sonreír tanto como lo hacía cuando su madre aún estaba presente. Y al parecer las cosas iban por buen camino, porque apenas Lila puso el animalito de tres ojos en la pecera, volvió corriendo al laboratorio para pedir a su padre un par de criaturitas más.
Olikian activó la máquina de nuevo. En la bandeja se formó un pececillo con aletas redondas y pelo verde sobre las escamas. Luego surgió otro con un cuerpo tan blando y pálido que parecía gelatina de sabor almendra.
—¿Está bien si luego pido otras mascotas? —preguntó Lila, emocionada.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó el profesor—. ¡En este barco hay espacio para todo un zoológico!
Lila respondió con una sonrisa tan amplia que su padre decidió que aquella misma tarde enviaría más de sus diseños a la máquina.
Y así fue. Con ayuda de los robots Jayus-12 y Jayus-7, Olikian hizo realidad un par de gatos. El primero era gordo y tan peludo que se antojaba abrazarlo como si fuera una almohada. El segundo era flaco y gracioso. Tenía las patas y el cuello bastante largos en comparación con el resto de su cuerpo.
Después surgieron otras criaturas: un periquito de plumas brillantes al que le gustaba pararse de cabeza y girar como si estuviera bailando; cuatro ranitas moteadas que tenían muelas por todo el derredor de la boca y seis lagartijas cornudas que parecían dragones de juguete.
Si el profesor hubiera sabido la catástrofe que estaba a punto de suceder con las mascotas, seguramente no las habría fabricado tan deprisa.

LA LEYENDA DE BOOKSTRUO, POR HÉCTOR DOMINGO

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