ENSUEÑOS
—Dime, ¿qué puedes ver por la ventana? —preguntó ella desde su catre de hospital.
Él se quedó callado.
Ella insistió:
—Desde este rincón en el que me pusieron, no logro distinguir más que un angosto marco gris y un vidrio empolvado que pretenden ser ventana, así que tendrás que ser tú quien me cuente.
—Creí que usted dormía —respondió él sin volverse, sin girar siquiera un milímetro la silla de ruedas en la que descansaba su cuerpo de caballo flaco, de mayordomo insomne.
—¡Naah! —exclamó la mujer—: Y en realidad debería importarme un comino lo que sucede allá afuera. Hace tiempo que no soy más que un saco de paja quebradiza; por eso me mantienen inmóvil con este corsé y los vendajes, pero tú que estás cerca...
—Encomiéndese a otro santo —dijo él—, porque yo estoy ciego.
Ella pareció considerarlo y, tras una pausa, le contó:
—Afuera, bajo la ventana, hay un mercado callejero. Y en ese mercado hay un hombre con el rostro tatuado que adivina suertes lanzando huesillos de fruta y pequeñas caracolas. También hay quien vende aves exóticas, que en realidad no son más que palomas y gallinas comunes a las que se ha modificado el plumaje con gel fijador y pintura vegetal.
Que era ciego, pero nunca ingenuo, fue lo que él habría querido responder, pero en lugar de eso añadió:
—También está la gitana tras el puesto de frutas, quien en su tiempo fue bailarina exótica y aún conserva los encantos suficientes para vender kilos y kilos de mangos maduros y jugosas toronjas.
Cada día el mercado que ambos imaginaban tras aquella ventana era distinto. Unas veces había elefantes sobre los que se acarreaban rollos de sedas y alfombras tejidas a mano; otras veces llegaban caravanas con hombres y camellos de algún país exótico para mercar joyas preciosas y especias aromáticas.
En dos ocasiones consideraron parar aquel juego y aceptar por fin que esa calle que no podían ver era como cualquier otra calle en cualquier ciudad, pero ya no pudieron hacerlo: tantos rostros figurados, tantos lugares, tantos aromas y objetos coloridos que habían creado a través de sus charlas...
Quizá fue por eso que, cuando una enfermera les hizo saber que aquella ventana oscurecida y angosta jamás podría mostrarles un paisaje distinto al frío muro gris que se alzaba enfrente, ambos le dijeron que eso ya no importaba más y que, por lo que a ellos concernía, bien podía hacer que la taparan.