PRIVACIDAD
Ayer me sentí tan falto de ideas que busqué una mesa en un café distinto. Cambiar la rutina a veces funciona. Pedí un vaso de agua y me puse a escribir. Al poco rato, una persona me reconoció y se acercó a mí.
–¡Es usted!, ¿verdad? –exclamó– ¿Es cierto lo que dicen acerca de que, además de ser escritor, tiene poderes?
No le respondí. En lugar de eso, chasqueé los dedos y desvanecí la silla que estaba frente a mí para materializarla ante una mesa próxima, en donde había un grupo charlando.
La persona, sorprendida por el truco, quiso decirme algo, pero no esperé a escucharle. Con otro movimiento de manos hice que se alejara flotando hasta la silla lejana y allí la deposité con suavidad.
¿De qué me sirven los poderes si no soy capaz de lograr que me dejen escribir tranquilamente?