TORTUGA
Puedo hacer que las cosas desaparezcan, pero siempre hay una pausa en el proceso. No sé por qué. Agito la varita, digo: “¡Esfumatus-espontaneum!” y siempre transcurren veintiocho segundos exactos antes de que la magia tenga efecto.
Veintiocho segundos, sin que pase nada en el escenario, equivalen a una eternidad. El público se aburre. Por eso dejé de presentarme en los teatros.
Bueno… en realidad fue por algo más y ahora tengo que ocultarme.
El desastre ocurrió durante la última función que di. Recuerdo que ciertas personas entre el público gritaron: “¡mago-tortuga!”
No era la primera vez que surgían reclamos entre los asistentes, pero eso de llamarme tortuga ya se estaba haciendo costumbre y me fastidiaba. En verdad que me fastidiaba. ¿Qué tal si se convertía en mi nombre artístico?
“Y ahora con ustedes... ¡El mago tortuga!”, anunciaría el maestro de ceremonias.
Me dirigí al público para explicarles que lo que yo hacía no era un truco y que una desaparición verdadera toma su tiempo. Les pedí que fueran pacientes, pero ellos no quisieron entrar en razón.
“¡Mago-tortuga! ¡Mago-tortuga!”
Los gritos se volvieron más descarados. Las risas, insoportables.
Cegado por la rabia, decidí acabar con aquellas burlas de una vez por todas. Alcé la varita mágica sobre el público y, temblando encolerizado, pronuncié las palabras mágicas: “¡Esfumatus-espontaneum!”
Luego, despacio y con gran placer, fui contando desde el número uno hasta el veintiocho.